Pensar mejor, vivir mejor...

Paradigma educativo: ¿Dónde nos ubicamos?

Hay preguntas que al hacerlas o recibirlas marcan un antes y un después en nuestra historia.
Preguntas que nos exigen reflexionar para tomar postura.
Preguntas que van directo. Que apuntan al foco mismo de un tema.
Preguntas que disparan.

Hay dos preguntas con las que comenzaría cada curso de formación de maestros y profesores. Las formuló Lipman en el apartado “¿Qué es estar completamente educado?” de La Filosofía en el Aula[i]:

¿Cuál es el ideal al que la práctica educativa intenta acercarse?

¿En qué aspectos nos ha defraudado más la educación?

Muchos educadores hoy encuentran en Filosofía para Niños un programa estratégico para el rediseño de las instituciones educativas y para la transformación de las aulas en comunidades de indagación en las que el trabajo de las habilidades de pensamiento y las actitudes éticas sea posible.

Ojalá todo fuera así de sencillo, pero no lo es.

Trabajar en los programas de Filosofía para Niños implica un cambio de paradigma.

Pero no son las instituciones, ni las aulas las que cambiarán.

Seremos, ¿o quizá tengo que decir debemos ser?, nosotros los que hagamos el cambio.

Un cambio intrapersonal, previo a cualquier otro cambio esperable.

Hay otra frase de Lipman que solemos citar: “Si queremos adultos que piensen por sí mismos, debemos educar a los niños para que piensen por sí mismos”.

Me pregunto sinceramente si eso es posible.

Al menos, si es posible de una forma sencilla, directa o intuitiva.

Considero que no es posible educar a los niños para que piensen por sí mismos si primero no somos los educadores quienes hemos logrado posicionarnos en un pensamiento crítico, creativo y ético/solidario.

Los educadores debemos ser quienes asumamos nuestro rol de modelo en la vida de nuestros niños. Esa es nuestra responsabilidad primera.

Y será sólo si nosotros somos críticos, creativos y cuidadosos que podremos pretender que el pensar en nuestras aulas, en nuestras comunidades de indagación y en las de nuestros niños logre también esas características.

No alcanzará ni con vocaciones certeras, ni con buenas intenciones.

Uno de los objetivos del programa de Filosofía para Niños es lograr disminuir – tendiendo a eliminar- la distancia entre discurso, pensamiento y acción, se trata de coherencia ética.

Coherencia que le pedimos a los niños, pidiéndoles muchas veces que repiensen sus acciones, individual y colectivamente para poder ser críticos con lo actuado.

¿Somos los docentes así de críticos? ¿Somos lo que exigimos ser?

Si no lo somos, ¿somos un buen modelo? ¿Hemos logrado eliminar esas distancias entre pensamiento y acción?

Creo que un primer paso en nuestras acciones formativas en Filosofía para Niños, debe ser pensar estas cuestiones. Y a su vez pensar ¿por qué hacer un curso de Filosofía para Niños? ¿Cuál es mi actual abordaje en mi rol de educador? ¿Qué espero de un curso de formación en FpN?

En algunos cursos que he dictado, al finalizarlos y evaluarlos, algunos maestros plantean que han descubierto una nueva herramienta de trabajo. La ponderan como una herramienta muy creativa, que les ha dado muchas satisfacciones y que la aplicarán en la medida de sus posibilidades y oportunidades.

Filosofía para Niños es una experiencia vital, y por eso creo que un docente ha comprendido el valor de la búsqueda del sentido en el aula y la importancia de ser un guía, cuando sabe que aprendemos cuando vivenciamos e indagamos, que damos sentido a la vivencia a través del diálogo compartido y que ese diálogo es poner en palabras el pensamiento en un proceso que se retroalimenta. Es así que niños y adultos aprendemos; no deberíamos –entonces- dejar estas prácticas para cuando haya oportunidad, sino que deberían ser nuestras prácticas habituales en el aula.

Pero yendo un poquito más allá, diría que es imprescindible que el docente haya vivido los mismos procesos que pretende que el niño transcurra, y que por tanto conoce porque los ha vivenciado, todos los aspectos de las prácticas que luego realizará con los niños, porque como sabemos, la forma de comprender algo es recrearlo.

Si los docentes consideráramos nuestras disciplinas como un lenguaje a adquirir, diríamos que aprender ese lenguaje implica pensar con ese nuevo código, internalizarlo. Y pensando con ese nuevo lenguaje podremos entonces asimilar originalmente el conocimiento; investigar desde el asombro y permitirnos la búsqueda del sentido. Daríamos así un giro a nuestro paradigma educativo, y entonces sí la Filosofía tiene cabida indiscutible, siendo la disciplina que mejor nos preparará como docentes para pensar en todas las etapas de los procesos educativos. Se trata de un momento metacognitivo indispensable e ineludible para nuestro rol.

Todo proceso de aprendizaje atraviesa etapas, que van desde el conocimiento, donde se practica y se aprehende la realidad, la comprensión del significado de dicha realidad, la asimilación de dicho conocimiento sabiendo cuándo aplicarlo; la internalización que se produce al aplicarlo, para luego generalizarlo a situaciones similares y finalmente ser capaces de transferirlo a situaciones análogas.

Este proceso metacognitivo de transferencia no nos permite considerar Filosofía para Niños como una simple herramienta, ya que si realmente lo comprendimos, entonces tuvimos una experiencia vital, que no nos permitirá alejarnos de este nuevo paradigma educativo en nuestras prácticas cotidianas.

Quizá entonces debemos formularnos nuevas preguntas: ¿Queremos adultos que piensen por sí mismos?, ¿es posible educar a los niños para que piensen por sí mismos sin educar a los docentes para que piensen por sí mismos?

Pensar estas preguntas de respuestas aparentemente evidentes, nos llevará a dialogar sobre qué futuro queremos para la educación; sabiendo que ese futuro ya se está escribiendo; de ahí la importancia de nuestros cambios personales para lograr impactar las instituciones en las que queremos ver cambios.

Por eso es necesario que los cursos de Filosofía para Niños diseñados para docentes, sean realizados con la misma metodología que utilizamos en nuestro trabajo con niños; esto es, formando comunidades de investigación que, a través del diálogo, desarrollen la multidimensionalidad del pensamiento sin olvidar el trabajo con las actitudes y los valores éticos, en todos los ámbitos posibles: ciudadano, interpersonal, intrapersonal, ecológico, intercultural. Es de esta forma que podremos vivenciar el verdadero disfrute que es pensar en comunidad, y desarrollarnos en ella. Entonces, nos darán cada vez más deseos de multiplicar esos fueguitos que vamos encendiendo.

Una vez culminado un curso para docentes de Iniciación al programa de Filosofía para niños debemos evaluarlo, algunas preguntas podrían ser:

¿Considero que los niños deberían aprender a pensar crítica, creativa y éticamente, utilizando recursos de carácter multicultural a través de la narrativa, el arte y el juego, y que dicho aprendizaje debe ser un proceso guiado por un docente en su rol de modelo?

¿Logramos mantener el hilo de las ideas?, ¿Se descubrieron cosas nuevas ampliando el conocimiento?, ¿Se pudo profundizar?, ¿Se utilizaron diversos tipos de preguntas generadoras de ideas? ¿Se trabajó con las habilidades de pensamiento, las actitudes y los valores éticos? ¿Estimulamos al grupo para que todos participaran del diálogo?

¿Estimulamos la capacidad de pensar?, ¿Evaluamos de manera lúdica y creativa? y ¿Reflexionamos sobre las prácticas de aula realizadas para profundizar en aspectos teóricos?[ii].

Estas preguntas nos guían dentro de aspectos esperados para nuestro rol docente, por tanto si las respuestas son afirmativas, estamos en buen camino.

Lograremos así, lo que decíamos antes: achicar la brecha entre pensamiento y acción, en una postura vital que nos posibilita un accionar educativo coherente y totalmente disfrutable.

De eso se trata.

por Laura Curbelo

[i] LIPMAN, Matthew, La filosofía en el Aula, Madrid, 1992

[ii] Preguntas sugeridas como evaluación de Formadores por el Proyecto Noria

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